En 1940, la guerra al Oeste había sido básicamente una guerra
convencional, respetando ciertas reglas como respetar a los civiles
(Convenciones
de Génova).
Las acciones alemanas contra Londres o Coventry al final del verano
de 1940 (554 muertos a causa de un ataque con bomba incendiaria)
convencen finalmente a Churchill de la necesidad de lanzar incursiones
aéreas a modo de represalia sobre Alemania. Desde agosto de 1941,
parten de Inglaterra bombarderos encargados de destruir el potencial
de destrucción del Reich (el llamado bombardeo estratégico) y
de minar la moral de la población alemana. La llegada de la octava
flota americana en 1942, más la décimo segunda (con base en Italia)
en 1943 aumentan el número de bombarderos en el cielo alemán.
Es una batalla muy dura y fatídica que alcanza unos resultados
estratégicos más que dudosos según se sabe hoy en día, puesto
que el potencial de producción alemán alcanzará su punto máximo
en 1944. (Las fábricas son camufladas, enterradas y los campos
de trabajo con sus prisioneros transformados en astilleros para
la industria del armamento). En 1942, los tabúes se derrumban
completamente: los británicos llevan a cabo bombardeos orientados
hacia los civiles con el fin de hundir su moral, mientras que
los americanos se niegan. Pero sus aviones, para escapar de la
Flak, dejan caer sus bombas desde tanta altitud que la alfombra
de bombas arrasa tanto los barrios industriales como las viviendas…
Si bien la eficacia de los bombardeos es más que discutible,
queda establecida la orden del mando alemán, así
como la del británico, de no permitir el vuelo de aeronaves
enemigas sobre el territorio nacional impunemente.
De ahí nace entonces la necesidad de desarrollar un sistema
de defensa eficaz.
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